El modelo japonés: todos artesanos

Enviado por admin el Mar, 07/07/2015 - 14:39
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Gonzalo Robledo

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Pereira 1958. Periodista y productor. Hizo estudios de Comunicación Visual en la Universidad Nacional y de Publicidad en la Jorge Tadeo Lozano de Bogotá. Reside desde 1981 en Tokio (Japón) donde ha sido corresponsal del diario El País de Madrid, Agencia Efe y Televisión Española. En 1991 co fundó una empresa de medios que actualmente se llama PACE INC. con la que produce o dirige reportajes y documentales sobre temas relacionados con Japón y el mundo hispanohablante para medios como Euronews, Russia Today, TVE, History Channel y otros. Colabora en Colombia con el diario El Espectador y acaba de dirigir la traducción al japonés de la biografía del jugador James Rodríguez.

Desde mi llegada a Japón, hace más de tres décadas, empecé a buscar aspectos del funcionamiento de la sociedad japonesa que tuvieran correspondencia en Colombia y, más por inercia que por lucidez, encontré el sentido de lo artesanal: el tejedor de sombreros vueltiaos en nuestro soleado Sinú es gemelo en destreza y actitud del soldador de minúsculos semiconductores en la nevada Ibaraki.

 

Este hallazgo intuitivo se ha venido consolidando gracias a mi trabajo periodístico en Japón que me ha permitido visitar fábricas con mecanismos innovadores, empresas con estilos de gerencia originales o escuelas con métodos de enseñanza sobresalientes. 

 

 Sacar el artesano que todos llevamos dentro puede ser una forma de inspiración para sociedades latinas alérgicas a las imposiciones verticales y autoritarias 

 

En un principio buscaba en la milagrosa productividad japonesa alguna receta que permitiera a América Latina, y en especial a Colombia, ganar con velocidad nipona la solvencia necesaria para reducir el desequilibrio que genera gran parte de nuestros principales problemas sociales.

 

Me enteré de las enmarañadas redes bancarias que forjaron los japoneses después de la derrota bélica para financiar sus conglomerados industriales y la fuerte intervención estatal de la economía para convertir el país en una potencia exportadora.

 

Pude también entrevistar empresarios que fomentaron los famosos métodos de “Just in time” (Justo a tiempo, para aumentar el rendimiento y evitar acumular inventarios en las fábricas), y el “Always improvement” (Mejorar siempre, para incentivar a toda la empresa). 

 

Pero mis veteranos colegas de la prensa extranjera en Tokio me recordaban que el llamado “milagro japonés” era irrepetible fuera de este archipiélago. El país que resucitó de las cenizas de la Segunda Guerra mundial hasta convertirse en menos de tres décadas en la segunda economía mundial tenía unas raíces culturales muy singulares, me explicaban.

 

Los más sesudos hacían referencia a la rigurosa educación de inspiración confucionista, a la base ecológica de su religión sintoista, a la austera disciplina heredada de los samuráis y a otros factores intangibles y exóticos que hacían el modelo japonés lejano e inalcanzable.

 

Un tema que dilucidé sin ayuda fue la imposibilidad de instaurar en países hispanohablantes el inmenso respeto que tienen por la puntualidad los japoneses quienes consideran llegar a la hora exacta una práctica inseparable del buen funcionamiento de cualquier grupo social.

 

Mientras en Japón la precisión de los trenes regula el país como un reloj nacional y la gente crece educada en el cumplimiento fluido de los horarios, en América Latina la puntualidad es a menudo vista como un factor coercitivo o un obstáculo de las relaciones humanas: no detenerse a charlar con un conocido en la calle por llegar en punto a una cita puede ser un gesto grosero y de imperdonable mala educación. Como todo lo que implica programación, la puntualidad llega ser considerada enemiga de la creatividad y, en última instancia, de la libertad individual.

Todo confluía para demostrarme que reproducir el éxito japonés era imposible fuera de Japón y sin contar con los propios japoneses.

 

Pasaron los años y Japón vio estallar su burbuja inmobiliaria, su sistema bancario colapsó, su fuerza exportadora menguó y China lo desplazó como la economía número uno de Asia. Colombia, por su parte, empezó a vislumbrar un rumbo de progreso y crecimiento apegada a modelos económicos probados en occidente.

 

Fue precisamente a raíz de la crisis de su sistema económico que empecé a fijarme en la "pasión artesanal" de los japoneses pues parte del retroceso japonés se atribuyó a la alta calidad de sus productos. La exquisitez de sus manufacturas, que demanda más tiempo de elaboración y control de calidad, y lo selecto de sus materiales convirtieron los productos nipones en caros y poco competitivos frente a los de sus vecinos en Asia.

 

Muchos fabricantes japoneses redujeron sus exportaciones y siguieron luchando por mantener la alta calidad motivados por exigentes consumidores nipones que preferían pagar más por un producto bien hecho que ser defraudados por sucedáneos baratos de calidad cuestionable.    

 

Que los consumidores participaran de esa exigencia puso de relieve el gusto por la perfección, la admiración por el producto bien hecho y el deseo de estar rodeados de artículos no necesariamente lujosos pero si fiables en su funcionamiento y bien terminados. 

 

Fue entonces cuando me empecé a dar cuenta de que ese perfeccionismo puntilloso tenía que ver más con el orgullo universal de cualquier artesano que con misteriosas filosofías orientales.

 

El japonés promedio se educa en la disciplina de repetir, deshacer, mejorar y volver a empezar cuantas veces sea necesario para aprender cualquier arte o materia en profundidad. El viejo método de repetir con insistencia, de caer y volverse a levantar, de persistir en el dominio de algo sin darle excesiva importancia a si se tiene o no el apoyo divino del talento, se practica como algo natural.

 

 El japonés promedio se educa en la disciplina de repetir, deshacer, mejorar y volver a empezar cuantas veces sea necesario para aprender cualquier arte o materia en profundidad 

 

Para retomar la comparación del inicio creo que el dedicado artesano de cualquier región de Colombia está muy cerca en actitud de los que con sus manos y sus mentes ayudaron a forjar el milagro económico japonés.


 
Aunque el trabajo de nuestros artesanos es visto como un oficio excepcional que produce bienes no utilitarios su tesón en el aprendizaje, la persistencia en el perfeccionamiento y la satisfacción del artículo bien hecho son valores que vale la pena potenciar en el resto de la sociedad.

 

Sacar el artesano que todos llevamos dentro puede ser una forma de inspiración para sociedades latinas alérgicas a las imposiciones verticales y autoritarias. El orgullo de las cosas bien hechas, sean artículos, sistemas o empresas, fomenta la unidad social, propicia la puntualidad y hace que la disciplina sea vista como una necesidad y no como una penitencia.

 

Es necesario, eso sí, recompensar bien esas aptitudes pues la paciencia del aprendizaje consagrado y la disciplina abnegada de la repetición solo pueden florecer cuando se tiene la tranquilidad de un futuro asegurado en la sociedad.

 

El resultado es un crecimiento que se siente como un bien común y no una cifra para lucir en los foros económicos pero que es cuestionada por la mayoría menos privilegiada.